La Travesía

Por Antonio Maya

Un viaje por el transporte público en la Ciudad de México

tren ligero

Hace unas semanas visité la Ciudad de México (CdMx) con una estancia de cuatro días, asistí a la XII Reunión anual del Colegio de Cirujanos Maxilofaciales del Seguro Social de donde estoy colegiado y miembro de la mesa directiva desde hace tres años —una experiencia en extremo enriquecedora y honorable al tener la oportunidad de servir al gremio quirúrgico— pero el tiempo llegó a su fin y se instaló otra representación mediante una votación democrática de los colegiados.

Durante esos días tuve la oportunidad de usar la diversidad del transporte público que se oferta en la CdMx; pernocté en casa de mi madre en la delegación Coyoacán y diariamente tomé un transporte colectivo diferente. La primera experiencia fue en el tren ligero a las 6.30 am, aclaraba el día y el camino hacia la estación fue tortuoso debido a las obras públicas en la infraestructura delegacional —sin embargo no recuerdo en viajes anteriores una necesidad imperiosa por remodelaciones importantes en la colonia— y al paso rápido y constante, percibí la falta de aire al subir y bajar las escaleras para llegar a la estación  —aunque debo decir que tengo condición física ya que al menos cuatro veces a la semana realizo ejercicio cardiovascular en Nuevo León— no terminé de reflexionar que la altura y la contaminación de la CdMx estaban generando estragos en mi capacidad respiratoria, cuando el tren ligero arribó a la estación y la cantidad de personas contenidas en el vagón delante de mi era increíble, se abrieron las puertas y para mi sorpresa nadie salió del transporte, me quedé un momento quieto para pensar si introducirme en el tren o esperar otro más vacío, repentinamente sonó el timbre de cierre en la estación, por lo que me abalancé sobre el vagón —no sin antes colocar mi cartera y mi teléfono celular en las bolsas interiores del saco que portaba— y empujé con toda mi fuerza —emulando mis años de jugador de futbol americano— para hacerme de un espacio y permitir que las puertas se cerraran detrás de mi.

metro 1

Una vez que llegamos al transporte colectivo metro el escenario fue impresionante, cientos de personas de todas las edades y géneros abandonaron el tren ligero hacia sus múltiples destinos —mi padre decía que si observaba el rostro de la gente podía conocer parte de su historia— no es difícil pensar que la mayoría se dirigía a sus centros de trabajo, con facies de desesperanza, agobiados y preocupados por solventar las necesidades familiares, no digamos los satisfactores que también son necesarios para lograr calidad de vida y que con dificultad los obtiene la población mexicana, que según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares (ENIGH) 2016, se tiene un ingreso promedio de $15,507.00  pesos mensuales por hogar. Los habitantes de la CdMx en ese mismo año ingresaron un promedio de $23,611.00 pesos por hogar, con cuatro integrantes y solo dos perceptores de ingresos y un gasto mensual de $11,949.00 — esta cantidad puede no reflejar la verdad, ya que la media no representa la realidad y las estadísticas se exponen de cierta manera para disminuir el impacto social resultante, es de notar que el menor ingreso registrado por familias en la CdMx fue de $2,722.00 y el mayor ingreso registrado fue de $56,285.00, la pregunta es ¿donde se encuentra la moda? es decir, el valor que más se repite ¿habrá más familias cerca de los ingresos inferiores o de los superiores? si se registrara la moda se podría reflejar una realidad más exacta, pero no conveniente políticamente.

Ya en los vagones del metro los audífonos y teléfonos inteligentes son socorridos por la gran mayoría de los transeúntes, la interacción con las personas es mínimo por no decir nulo, sin embargo el silencio es roto por la serie de vendedores ambulantes que desfilan uno a uno y extraordinariamente coordinados para no interrumpirse unos a otros, los cuales ofrecen los más increíbles productos del mercado nacional y chino, realmente lo mejor no es el producto si no el ingenio con el que los citadinos los venden: “no vuelvas a perder tus fotos íntimas o comprometedoras, adquiere tu cable para carga y descarga de documentos a teléfonos celulares con entrada de USB a solo 10 pesos”,  “Aluza tu camino, evita el estrés y la desesperación al encontrar fácilmente las llaves en tu bolsa, alumbra debajo de la cama y encuentra aquello que habías perdido con esta fabulosa lámpara led de bolsillo a solo 10 pesos” —me pregunto si ahora la desesperación será por encontrar la lámpara en la bolsa— “Vuelve a ser el el héroe de tus hijos al arreglar sus juguetes, arregla esos detalles en tu casa que tu mujer siempre te pide y librate de los regaños con este set de desarmador con puntas intercambiales a solo 20 pesos” y así infinidad de alimentos, libros, música, baterías, tarjeteros, limas para uñas, entre muchos más, todos con una tonadilla inconfundible y constante.

Una de las tardes, mi hijo que se encuentra en el equipo representativo de basketball en su Universidad, me invitó al Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CDOM) a presenciar uno de sus juegos de liga, consulté la mejor manera de llegar, debía subir al metro hasta la estación Tacubaya y posteriormente una ruta por periférico hasta el CDOM, situación que me pareció fácil y me di a la tarea de salir temprano para evitar contratiempos.

La primera parte del viaje en el metro fue una sorpresa nuevamente, al esperar a que llegara el tren, percibí que en el piso del anden de la línea 9 se encontraban pintadas una lineas naranjas transversales a las vías del metro, la gente ordenadamente hacía fila sobre de ellas y las puertas del vagón se abríang exactamente entre estas dos líneas, permitiendo que la gente (demasiada) saliera libremente, sin embargo esto terminó al momento que el sonido del cierre de puertas se escuchó y entonces esa línea de personas que esperó pacientemente al tren y se formó correctamente, se “apanicó” abalanzándose a la entrada para evitar quedarse afuera, exhibiendo nuevamente los instintos de conservación mas básicos del ser humano.

Al llegar a la estación de Tacubaya, como era de esperarse, un mar de gente se congregaba en el sitio, pregunté a un policía las indicaciones para tomar la ruta hacia el CDOM y me dirigí a la superficie, una vez en la calle debía atravesar un mercado de extremo a extremo, los olores cambiaban conforme caminaba, por momentos se percibía un olor a tacos grasosos, mas adelante a tamales, posteriormente a caño, nuevamente guisados diversos, animal muerto y así hasta que localicé la ruta conveniente y el único lugar que estaba disponible fue en la parte trasera de la camioneta que estaba por salir y el asiento se encontraba de espaldas al chofer, este espacio estaba separado por una reja la cual presentaba una abertura tipo ventanilla —la explicación de tener una camioneta enrejada me hizo pensar inmediatamente en la seguridad de la ruta, sin embargo ya estaba arriba del transporte, por lo que decidí continuar el camino— lo que no sabía es que la gente evita ese sitio para sentarse ya que implícitamente se transforma en el cobrador del chofery mientras realizaba las funciones propias del asiento, la ruta pasó de largo el CDOM ya que en lugar de circular por la lateral del periférico, el chofer decidió avanzar un tramo largo por carriles centrales sin importar que su altruista trabajador necesitara llegar a tiempo a su compromiso. Una vez dejada la ruta caminé de regreso al CDOM y llegué justo al silbatazo inicial aunque el partido desafortunadamente se perdió.

tacubaya

La CdMx está muy bien comunicada a través del transporte colectivo metro, tuve la necesidad de realizar mas viajes por este medio y con solo $5.00 pesos pude llegar a múltiples destinos a través de los transbordos existentes y mucho más rápido que en automóvil, ya que el tráfico y congestionamiento vehicular en la CdMX inicia a las 5:30 am y disminuye a las 23:30 hrs.

Las múltiples obras públicas y los estrictos límites de velocidad en “vías rápidas” llegan a entorpecer la vialidad por lo que una opción viable es el transporte público, sin embargo la lucha diaria por un espacio —no digamos cómodo— llega a ser cansado y muy tedioso para el citadino.

La CdMx es un lugar increíble si solo vas de visita unos cuantos días.

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